
Quienes se acerquen a Juan Antonio Granados Loureda desde un punto de vista profesional se encontrarán frente a un estudioso de la historia, dedicado durante años a la enseñanza, mundo al que sigue vinculado a través de su cuerpo de gerencia e inspección. Sin embargo en los últimos años, además de las publicaciones científicas, Juan Antonio Granados dedica parte de su escaso tiempo a escribir novelas. “Sartine y la Guerra de los Guaraníes” es su tercera novela, publicada en Edhasa.
Entrevista realizada por Anita Noire.
Por qué un estudioso de la historia decide dedicar parte de su esfuerzo a escribir novelas.
Bueno, en lo básico siempre me ha gustado escribir. Mis profesores siempre me decían que tenía mano y de hecho más de una vez me despistaba en clase para emborronar algunas cuartillas contando lo que fuese. Así que en esencia, se podría decir que escribir siempre ha sido lo mío. En cuanto a novela, en fin, para mí es la mejor manera de expresarte por largo y sobre lo que quieras, además combinada con la historia, tenemos narrativa histórica y yo, en más de un sentido, me considero hijo de Robert Graves, de Karlheinz Grosser y de tantos como ellos.
¿De donde surge la necesidad de dejar de aparcar la investigación histórica y adentrarte en lo literario?
Un poco de ese interés por dejar fluir el pensamiento y la imaginación. Hay territorios de la fantasía que por definición permanecen vetados al historiador, siempre he pensado que esto era una limitación creativa, vivir anclado a la servidumbre de los meros hechos puede ser riguroso, pero también muy aburrido.

Crees que actualmente existe mercado para la novela histórica o ha pasado de moda
Desde luego, es una realidad incuestionable, la novela histórica siempre ha gozado de buena salud. Un simple vistazo a las listas generales de ventas señala que el género de la narrativa histórica se ha encontrado siempre entre los preferidos de los lectores. Si esto es así, desde Walter Scott o Alejandro Dumas, en la España más contemporánea resulta un hecho muy visible desde la célebre publicación en 1982 de Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, significativamente alabadas por Felipe González coincidiendo con su llegada al poder. Ahora algunos hechos más o menos recientes y absolutamente dispares entre sí han suscitado comentarios suficientes como para revitalizar el eterno debate sobre el género. El primero, una curiosa elección para un regalo egregio: la escogida edición de El doncel don Enrique el Doliente (1834) de Mariano José de Larra, el segundo, el estreno de la película Capitán de mar y guerra basada en las novelas de Patrick O’Brian. A estas circunstancias podríamos añadir otras tantas, por ejemplo la publicación periódica de las entregas de la exitosa serie del capitán Alatriste, fruto de la pluma ácida y directa de Arturo Pérez Reverte, pero tampoco es necesario insistir más en un hecho evidente. La novela histórica es un valor en permanente inflación y goza de buena salud en todas partes.
Las razones de esta realidad pueden ser muchas, pero personalmente me gustan los argumentos que proceden de la experiencia. Así, por ejemplo, mi editor y amigo Josep Mengual siempre apunta a nada que se le pregunte que la narrativa histórica de éxito suele ser primero novela, es decir poseer calidad literaria en sí misma, aportando además fidelidad a la historia como valor añadido. Una combinación que, en su opinión de lector voraz, tampoco se encuentra siempre. Así, abunda la novela muy fiel a la historia pero poco novelesca y la novela de discurrir apasionante pero plagada de imprecisiones a la hora de reflejar las costumbres y los modos de vivir de otro tiempo. Siendo que, en el fondo, lo que el lector pide a una novela histórica es lo que en realidad solicita de cualquier novela, un buen relato, pero además y en este caso, conocimiento sobre la vida profunda de una época como incentivo a la hora de comprar un libro.
Al lector que se acerca a tus novelas le interesa la historia o la aventura.
Por lo que voy sabiendo, ambas cosas, diríase que solicitan rigor y entretenimiento a partes iguales.

¿Puede una persona que no conozca la historia de la española del siglo XVII seguir con facilidad tu novela?
Desde luego, siempre procuro que sea así. Cuando no se es fiel a la historia, el lector se siente traicionado, pero esto no significa que tengamos que ser exhaustivos. Una novela histórica ha de ser, ante todo, novela.
Sitúas la trama de tus novelas a mediados del S XVIII. ¿Por qué esa época y no otra?
Reconozco que me desenvuelvo con facilidad en la época de la Ilustración, mi período de siempre como historiador formal, influye también el hecho de que este siglo es la época áurea de la navegación a vela, uno de mis elementos novelísticos favoritos. También me interesa la época por el pensamiento libre y descreído que dominaba en las élites, aquellos malditos volterianos…
¿Que nació primero, el personaje o la trama?
En el caso de Sartine la trama, porque se basa en hechos reales que había investigado previamente en mi faceta de historiador. Me parecía que tras la hazaña de Jorge Juan en su casi desconocida faceta de exitoso espía en los astilleros de Londres se escondía una novela muy divertida.
¿Como surgió Nicolás Sartine?
Sartine es también producto de mi trabajo como historiador más formal. Como sabe, mi tema de investigación siempre han sido los intendentes del Rey del siglo XVIII y más recientemente la vinculación de éstos con el fantástico episodio de la construcción naval en tiempos del marqués de la Ensenada. Los intendentes son una figura “comisarial” importada de Francia por los Borbones, un poco los ojos y los oídos del Rey allá donde se les enviase, bien para vigilar la bolsa del monarca, bien para construir navíos, para lo que fuese. En este sentido, Nicolás Sartine es un capitán de navío tornado en intendente, esto es, un comisario del Rey al que se le encargan asuntos variopintos, eje esencial para una novela.

¿En tu novela eres fiel a la historia o la modificas para adaptarla a las necesidades que la historia requiere?
Según lo que creo se debe hacer, soy fiel a los hechos gruesos y bastante infiel en las cosas menudas.
Es la segunda novela en la que aparece Nicolás Sartine. ¿Cuanto tiempo llevas imaginando este personaje?
Lo recuerdo muy bien, fue durante un extraño verano, con cambios vitales muy intensos que procuré resolver encerrándome a escribir, una solución que se mostró muy terapéutica con el andar del tiempo, era el año 1999, al borde del milenio, entonces creía que era también del abismo, se ve que no.
El lector, en ocasiones, tiende a pensar que el protagonista de una novela guarda importante semblanzas con el autor aunque éste intente disimularlas. ¿En tu caso, que tiene Nicolás Sartine de Juan Granados?
Es una pregunta muy habitual que nunca sé cómo responder. Yo creo que tengo tanto de Nicolás Sartine como de Cosme Ábalos y mira que son diferentes. Te puedo asegurar que el viejo Nicolás es mucho más arrojado que yo, eso seguro.

La creación del personaje, dotarles de una personalidad (intensa en el caso de Sartíne) requiere un trabajo importante. ¿Cómo los trabaja Juan Granados?
Yo creo que como cualquiera que crea algo, observación del mundo, introspección y muchas horas calentando la silla. Si la cosa se pone espesa, ya se sabe, ron con coca-cola y algo, no mucho, de benzodiacepia, mano de santo.
Los personajes femeninos en tu novela son anecdóticos, sin peso específico en la novela. ¿Hay algún motivo para ello?
Bueno, no estoy muy de acuerdo con eso. Cierto es que aparecen poco, pero cuando lo hacen poseen fuerza e intensidad, tal es el caso de Catalina Lassaletta o María Falcón, póngase por caso.
¿Te supone alguna dificultad la creación de los personajes femeninos?
No especialmente, creo yo, no es que me precie de conocer a las damas, pero tampoco es que no sepa nada de ellas, hoy en día se tiende a visualizar todo a través del género, esto para mí es hasta cierto punto irrelevante.
Nicolás Sartine no ha muerto en su novela. ¿Donde nos llevará en su próxima aventura?
Cuando escribí “Sartine y el caballero del punto fijo” ya tenía de algún modo previsto continuar sus aventuras. Confieso que le tengo cariño al viejo Nicolás y como le ocurren muchas cosas, me divertirá contarlas. De hecho la próxima tendrá que ver con Costa Mosquitos, el palo de Campeche, La vieja Habana y alguna colonia inglesa que jamás hubiese debido estar allí. Pero antes haré otra cosa, también con Edhasa, como sucedió con “El Gran Capitán” en 2006.
Muchas gracias, Juan, y suerte con la novela.
Gracias a ti.