Todo el que ha estado alguna vez en la Semana Negra de Gijón lo recuerda con gran cariño y sobra decir que desea repetir un año tras otro. Este año yo no pude acudir por diversos motivos, pero eso no impidió que pudiera enviar a uno de los magníficos colaboradores de Más que Palabras, que, además de gran escritor, ha resultado ser un estupendo cronista. Pero dejemos que él nos lo cuente…
TRES DÍAS BAJO LAS BALAS: MI SEMANA NEGRA DE GIJÓN.
por Antonio Calzado.

A lo largo de la vida, este servidor de ustedes ha tenido días negros, como cualquier hijo de vecino. Incluso se podría hablar de meses negros o años negros… Sin embargo, nunca había conocido una experiencia literaria tan intensa y divertida como la Semana Negra de Gijón. Me explicaré un poco, especialmente para aquellos que han enarcado otro poco las cejas. Pero antes que nada, quiero darle una vez más las GRACIAS con mayúscula a Celia Santos por haberme brindado la oportunidad de ir a Gijón. ¡Un beso muy fuerte, guapísima!
Primero, algo de historia: la Semana Negra viene celebrándose en Gijón desde hace dos décadas de la mano de su fundador-director: nada menos que Paco Ignacio Taibo II (más conocido extraoficialmente como Il Capo di Tutti Capi, buscad, buscad en la Wiki). Este asturmexicano infatigable -y, según se dice, dotado con cierta ubicuidad que le permite estar al mismo tiempo con un whisky en la terraza del Don Miguel y presentando un libro en la Carpa principal- ha cuidado con esmero a la Semana Negra hasta convertirla en lo que hoy es: pasando desde unas modestas jornadas para escritores policíacos hasta convertirse en uno de los más importantes festivales literarios de Europa y del mundo. Y esto lo afirmo sin exagerar ni mijita, como se dice en mi tierra.

Sin embargo, no es su éxito multitudinario lo que más me atrae de la Semana Negra, aunque no esté mal eso del éxito, ¿verdad? Pero sin duda lo que más me gusta de todo es su espíritu igualitario y por qué no decirlo, revolucionario. Esto quiere decir que aquí somos todos igualmente bien tratados: desde galácticos como Elia Barceló, Carmen Posadas o Fernando Marías, hasta el principiante que acaba de editar su primera novela. Da igual que hagas género fantástico, juvenil o policíaco, que edites aquí o allá –o que no edites-, que seas de Pamplona, de México o de Jerez de la Frontera: la legendaria hospitalidad astur y el calor de tus colegas escritores –y de prensa, y de organización- no te van a faltar jamás. Porque aquí somos todos, más que nunca, colegas y amigos.
Se podrían rellenar docenas de folios en Times New Roman del 12 detallando las incontables actividades de la Semana Negra: presentaciones de libros, mesas redondas, conciertos, exposiciones de cómics… Como esto es inviable en una crónica que pretende ser sucinta (y como todas estas actividades vienen detalladas en A Quemarropa, diario oficial de la Semana Negra) no me extenderé más aquí. Pero sí me gustaría compartir muy brevemente mi experiencia personal.

Viajé hasta Madrid en solitario, sin tenerlas todas conmigo: no conocía prácticamente a ninguno de los participantes, y no dejaba de preguntarme qué hacía un chico como yo en un sitio como la Semana Negra. Pero ya en el hall del hotel diviso a lo lejos un póker de ases formado nada menos que por Javier Negrete, Rafael Marín, José Luis Zárate y Juan Miguel Aguilera, ahí es nada. Tras ciertas vacilaciones, este cronista se acerca a Rafa Marín (al que venera como a un ídolo tibetano desde que leyó Lágrimas de Luz hace veinte años) iniciando una tímida conversación y más cortado que una mona. El gaditano responde con su socarronería y buen humor habituales, y al instante me siento adoptado, uno más de la familia. El hielo se ha roto; tal cosa suele ocurrir pronto en la Semana Negra.
Al día siguiente hicimos el trayecto Madrid-Gijón en el legendario Tren Negro, que marcha a paso de tortuga precisamente para que escritores y demás personajes indeseables se conozcan mejor y se pongan al día de la actualidad sin ninguna prisa: paramos en Mieres, donde nos agasajaron con música (incluido un gaitero con rastas, detalle intercultural donde los haya) y nos hicieron desfilar por toda la villa marcando el paso de la oca, antes de comer. En una palabra: genial.

Ya en Gijón, nos repartieron por diversos hoteles bastante buenos: a mí me tocó el Pathos, con una foto de Bob Dylan en la puerta de la habitación. Después fuimos al ayuntamiento y, tras recepcionarnos (sé que suena horrible, pero esa es la palabra) con mucha amabilidad el concejal correspondiente, pudimos visitar por fin las carpas que iban a ser prácticamente nuestra segunda casa durante diez días. Porque la Semana Negra de Gijón es la única semana del mundo que dura diez días, y que además no comienza en Gijón, sino en Madrid. No está mal como concepto original, ¿verdad?
Bueno, pues a partir de ahí la cosa fue más o menos como en la célebre canción: rodar, rodar y rodar. ¡Qué lástima que tuviera que marcharme el lunes! Nunca olvidaré las veladas en el Don Miguel, lugar de encuentro y solaz de todos los peripatéticos apasionados por la literatura. Me he dejado muchos amigos en Gijón…

Mención especial para mi compañero de habitación, el gallego Diego Ameixeiras, que soportó heroicamente y con buen humor mis ronquidos durante tres noches. Y qué decir de Elia Barceló, que me demostró que se puede ser una excelente escritora y todavía mejor como persona. Por no hablar de Javier Márquez o Rafa Marín, dos agujeros sureños imbatibles en el concurso de karaoke. No quiero olvidar la representación argentina: Miguel Molfino, del que ya me considero un amigo entrañable, y Kike Ferrari, intrépido porteño capaz de hablar por seis y beber por doce. También quiero mandar un abrazo para Paco Gómez Escribano (¡no dejes nunca de documentarte, Paco!) y para los dos ingleses más enloquecidos que jamás hayan pasado por Gijón: Ian Watson y Steve Redwood. Y sigo dejándome amigos en el tintero: María Zaragoza, Alberto López Aroca (albaceteño de pro con el que cerré el Don Miguel un par de noches) José Luis Zárate (todavía tengo el patito, Zárate) Toni Hill, Fritz Glockner (¿a que no parece mexicano?) Emilio Bueso, Susana Vallejo, Carmen Posadas, Jorge Ivan Árgiz y más y más y más…

En resumen, heroicos lectores que hayáis llegado hasta aquí: en este punto me despido terminando esta crónica tan caótica (sí, un poco como la propia Semana Negra) y enviando un fuerte abrazo a todos los participantes, no olvidando a los chicos de prensa y organización, sin los cuales nada es posible. Y ahora descubro que siento una envidia enorme por los que se han quedado disfrutando de la Semana Negra de Gijón hasta el domingo 31… Porque, señoras y señores, hay que decirlo de una vez bien alto y claro: ¡qué poca vergüenza tienen estos escritores!

ANEXO: algunos libros que se presentaron en los primeros días de la Semana Negra de Gijón 2011: la mayoría me los traje a casa firmados por sus autores, unos pocos no pude pillarlos, y si me olvidé de alguno… entonces que Dios me proteja, porque las venganzas de los escritores suelen ser terribles:
Los Rebeldes de Crow, de Javier Márquez.
El Círculo Alquímico, de Paco Gómez Escribano.
La Ciudad Enmascarada, de Rafael Marín.
Dime algo sucio, de Diego Ameixeiras.
Sherlock Holmes y los Zombis de Camford, de Alberto López Aroca.
El Jardín de las Delicias, de Ian Watson.
Cementerio de Papel, de Fritz Glockner.
El niño de Samarcanda, de Rafael Marín.
Que de lejos parecen moscas, de Kike Ferrari.
Dicen que estás muerta, de María Zaragoza.
El retorno de los Tigres de Malasia, de Paco Ignacio Taibo II.
Ciudad sin estrellas, de Montse de Paz.
Diástole, de Emilio Bueso.
El Verano de los Juguetes Muertos, de Toni Hill.
Cabaret Pompeya, de Andreu Martín.
Los pingüinos también se ahogan, de Steve Redwood.
El Espíritu del Último Verano, de Susana Vallejo.
Todos estos libros son buenísimos y hay que leerlos, o por lo menos comprarlos. Como veis, amados lectores que mantenéis con vida nuestros inventos, no me va a faltar literatura de calidad en los próximos meses. ¡Un abrazo!