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Foto: www.teinteresa.es

Por Anita Noire

Estamos acostumbrados a ver cómo se llenan los estadios para ver señores en pantalón corto corriendo detrás de un balón, las salas de concierto repletas de fans incondicionales del cantante de culto. Sin embargo, no es habitual que un escritor consiga congregar a ochocientos lectores en dos salas abarrotados y que, con una naturalidad pasmosa, convierta la presentación de su último libro en una auténtica tertulia. Y eso, que parece asombroso por lo inusual, es lo que ha conseguido Paul Auster con la presentación en Barcelona de su libro “Diario de invierno”. Es evidente que el escritor americano despierta una gran admiración entre los lectores de este país y se ha convertido, a golpe de novelas, en un autor de culto, adorado por algunos, despreciado por muchos otros. Auster no deja indiferente a nadie.

 

“Diario de invierno” es un libro autobiográfico y nos invita, desde la perspectiva del “tú” y del “él” a sumergirnos en sus pensamientos, en sus reflexiones, en un pasado sorprendente que nos arrima a la nostalgia, al dolor, a sus íntimas heridas. Todo ello desde la alerta de un cuerpo que ha entrado en la decadencia física de los años

Auster define la escritura como una enfermedad y no duda en afirmar que todo escritor tiene un punto de locura del que no puede sustraerse y es que, según el autor, no puede entenderse de otra manera que alguien pase su vida prácticamente a solas, en una habitación, inventado historias, desconectado del mundo, sufriendo lo indecible por no poder articular una idea o un pensamiento, que le absorbe. Sólo la necesidad de narrar, de mirar y escarbar en la base de la psique, dice Auster, encuentra el escritor un alivio temporal.

El origen de las obras de Auster es la gente corriente, las increíbles historias que les suceden. El mundo como un caos, como un todo imprevisible, que nos empeñamos en intentar ordenar para, inmediatamente volver a desordenarlo.  Sus libros contienen, casi siempre, historias propias que el autor pone en boca de otros.

 

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Foto: www.cccb.org

Fue un auténtico placer escuchar su pasión por los cuadernos de notas que escribió Joseph Joubert y que perduraron en el tiempo gracias a la publicación que de los mismos hizo François-René de Chateaubriand. Cuadernos llenos de pensamientos y reflexiones, alejadas de las notas que podría contener un diario personal. Diarios de los que el propio Auster huía en su juventud. No hay nada más absurdo que escribir lo que se hace o lo que se siente si el destinatario es un mismo. Pero esta concepción de la escritura de diarios personales la fue modificando al comprender que la necesidad de esos diarios nace de la necesidad de poder recordar. Pero esta idea de diario como refugio de la memoria, como dice el escritor, le llega tarde, con la pereza instalada en el invierno de su vida.

Con “Diario de invierno”, el autor se desnuda, se entrega sin ambages y pone sobre la mesa una intimidad precisa para que el lector no se sienta defraudado por la falta de honestidad en el relato.  Escribir es agotarse, experimentar una enorme sensación de excitación y fracaso. Y es frecuente, entre quienes escriben, vivir en la permanente sensación de malestar, cuestionándose de manera continua lo que plasma en el papel. La figura de Samuel Beckett es recurrente. La importancia del subconsciente del escritor es vital en el proceso creativo. Y en su caso, es fundamental el apoyo de su esposa, la escritora Siri Hustvedt, por sus aportaciones literarias, por el sostén ante el derrumbe del autor que no puede situarse con objetividad frente a lo escrito porque lo tiene interiorizado.  Sus libros nacen, a pesar de que en ocasiones pueda parecer lo contrario, de procesos muy largos en el tiempo, procesos que se demoran hasta encontrar la frase que le sirve de trampolín, una frase que surge del interior del escritor. Sin embargo, pese a ello, el propio Auster reconoce que a veces el proceso es distinto y que, lo que en otras novelas se ha dilatado indeciblemente en el tiempo, en otras han bastado unos meses para que esas ideas que bullían en su cabeza encuentren asiento en un libro.

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Paul Auster sigue escribiendo a día de hoy en una vieja Olympia, transformada en un eficaz Frankenstein nacido de la necesidad de ser reparada, completada con los restos de otra máquina tan antigua como en la que en origen escribía. No deja de ser curioso que el autor rechace todo tipo de artilugios informáticos, asegure no tener correo electrónico y vivir en el aislamiento absoluto del mundo virtual. Dice no interesarle en absoluto. La necesidad de teclear con fuerza para dejar impreso lo que quiere mostrar al mundo tiene un efecto balsámico, incluso tranquilizador, por eso los magníficos ordenadores, con sus suaves teclados, no le interesan para nada.

Paul Auster sigue escribiendo, pensando, imaginando historias, pero de una manera más calmada. Afirma que en el pasado llegó a tener varios libros en la cabeza a la vez. Y en ese ir y venir de ideas continuas, unas eran escritas en un libro durante el día, y otras pensadas durante la noche, en las horas robadas al sueño para elaborarlas, no para lo que de día escribía sino para lo que tal vez hiciera en un futuro.

Afirma el escritor haber escrito mucho, por eso cree que si no pudiera volver a hacerlo no pasaría absolutamente nada. Porque no cabe el escribir por escribir. Hacerlo así sería convertirlo en un trabajo y la escritura, vista de ese modo, no le interesa.

Escribir es su modo de vida, el nuestro es leerle mientras podamos.