LOS CLÁSICOS TAMBIÉN PECAN – FERNANDO ARGENTA.

los clasicos tambien pecanLOS CLÁSICOS TAMBIÉN PECAN.

AUTOR: Fernando Argenta.

EDITORIAL: Plaza Y Janés.

ISBN: 978-84-01-38986-3.

Nº DE PÁGINAS: 510.

Reseña realizada por Susana Moo.

En este libro que aborda la vida privada de Vivaldi, Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Litszt, Wagner, Verdi, Brahms, Tchaikovsky, Puccini y Debussi descubrimos  que ellos también han sido débiles a los pecados de la carne y a los de espíritu. Sí, Wagner fue sin duda un vanidoso y Beethoven pecó de ira -también de gula- pero el pecado al que se refiere Fernando Argenta es, sobretodo, la lujuria, que practicaron muchos de los grandes compositores con verdadera devoción. Parece que la capacidad de estos caballeros de alegrar las orejas de las señoras favoreció la apertura de piernas de éstas y hemos de tener en cuenta que, durante un montón de siglos, para las mujeres esa apertura significaba la deshonra -si no había matrimonio de por medio-, el embarazo indeseado y la posterior maternidad. Aun así, las mujeres consentían, incluso incentivaban el encuentro íntimo con una alegría pasmosa. Argenta nos ofrece a través de la vida íntima de los clásicos, la posibilidad de asomarnos tímidamente a la intrahistoria sensual femenina de épocas pasadas. Si algo me ha fascinado de este libro son ellas, las mujeres anónimas dueñas de las nalgas que acariciaron esos grandes hombres, las autoras de aquellos gemidos provocados por las manos de los genios de la música. 

Me ha dejado pasmada, por ejemplo, la figura de Antonina, que se casó platónicamente enamorada de Tchaikovsky -que era un homosexual tristemente atormentado-  y se llevó un palo de narices al comprobar la incapacidad de él de consumar el matrimonio. O con la rica Nadejda que fue su mecenas durante 14 años a cambio -exclusivamente- de una maravillosa correspondencia pseudoerótica.

Me he quedado alucinada con la pasión bien encauzada de Clara Schuman, la esposa de Schuman, que aunque amaba a su marido se enamoró también del por entonces joven Brahms,14 años menor que ella, y consiguió hacer equilibrios lidiando con la locura del esposo y la inestabilidad de Brahms, ambos coladitos por ella. Me ha conmovido el amor profundo y verdadero de la cantante Giusseppina, mujer  humilde, trabajadora insaciable, que rompió su voz de escenario en escenario y se vio obligada a abandonar a sus hijos, todos ilegítimos, para poder seguir cantando y manteniendo a su familia, y que después de esa vida loca conoce a Verdi, con el que no duda en vivir en pecado muchos años aun a pesar de que la gente la castigó duramente  quitándole el habla, menospreciándola y tachándola de inmoral, hasta que por fin se casaron y lo acompañó toda la vida aun a pesar del carácter endiablado del compositor.

Me sorprendió la desenfadada vagina de la madre de Wagner que, después de 9 hijos en 14 años, se permite el lujo de que el último de ellos sea fruto de una infidelidad (con el supuesto padre de Wagner). Y me he sonreído al leer la carta que éste le escribe a su criada: “ Mariechen, asegúrate de que todo esté en orden. Compra el mejor perfume y rocía con él mi estudio ¡cómo ansío descansar por fin contigo! Asimismo espero que los pantaloncitos rosas estén preparados, únicamente para que seas agradable y dulce. Merezco pasar otra vez un buen rato”. Yo no puedo dejar de preguntarme si aquel sería un buen rato para ella también, lo cual pongo en cuestión dada la extrema generosidad de Wagner para consigo mismo. Sin ir más lejos, con  Mina, su mujer, que hubo de soportar las estridencias e infidelidades de su esposo, tuvo un gesto muy feo. Cuando llegó el momento en que ya no le resultaba atractiva fue a hablar con el médico de ella para que le prescribiera la prohibición de mantener relaciones sexuales, y así conservarla como esposa en todas las facetas, salvo en la sexual.

Es sorprendente conocer la historia de la atolondrada Olga Janina, que fingió ser una condesa multimillonaria para conseguir que el oportunista Litzs la acompañara – Litsz se hacía acompañar exclusivamente de aristócratas- ¡y lo consiguió! Estuvo dos años con ella, en los que la falsa condesa dilapidó su fortuna empeñando incluso la dote de su hija. Cuando se terminó la pasta, también se terminó la compañía de Litzs.

Y así “Los Clásicos también pecan” va desgranando un largo etcétera de amores en el que descubrimos pasiones terriblemente intensas, como los celos patológicos de la mujer de Puccini, que después de continuas infidelidades por parte de su esposo, ve fantasmas donde no los hay y se obsesiona con que la joven criada ha seducido a su esposo. La indignada mujer pregona a los cuatro vientos que la chica es una puta y la muchacha se autoenvenena incapaz de soportar el despecho social al que es sometida. Una vez muerta, la autopsia determina que la muchacha era virgen. Pobre muchacha. Pobre esposa herida.

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