EL AMOR Y LA MUERTE – La tragedia de Eloísa y Abelardo.
AUTOR: José Luis Corral
EDITORIAL: Edhasa
Nº DE PÁGINAS: 416
ISBN: 978-84-350-6132-2
Reseña realizada por Susana Moo.
Pedro Abelardo el Palatino (1079-1142) escribió en 1134 una larga carta dirigida a un amigo anónimo que tituló “Historia Calamitatum” en la que el sabio filósofo narra sus peripecias vitales y sus amores con Eloísa. José Luis Corral, maestro de la novela histórica española, toma el papel imaginario de ese amigo para narrarnos con cercanía y en primera persona, la apasionante vida de Abelardo. Se recrea además en el entorno social y cultural del París de la época y en una historia de amor que ha trascendido en el tiempo y que se ha convertido en adalid de amor romántico y terrenal.
Resulta que Abelardo era un hombre de letras, un filósofo brillante que se mantuvo casto y centrado en sus estudios hasta casi los cuarenta años. Llegado a esta edad conoce a Eloísa, la sobrina del influyente canónigo Fulberto. El tío se había esmerado en la educación de la chica, le había proporcionado una formación exquisita en cultura clásica y religiosa, conocía el latín, el griego y el hebreo, y poseía conocimientos de gramática, retórica y lógica. Fulberto acoge confiado en su casa al erudito Abelardo para que complete la instrucción de su sobrina, que contaba por entonces quince años. El caso es que en esas clases alumna y maestro se enamoran y se entregan el uno al otro pasionalmente con el resultado de que ella se queda embarazada. La Iglesia y sus preceptos moralistas ejercían mucha fuerza en ese momento hasta el punto de que Abelardo, en caso de contraer matrimonio perdería su potestad para dar clases, perdería su posición y su prestigio, con lo cual se escapan y contraen matrimonio en secreto para que Abelardo conserve su posición. El hijo nace y lo envían a que lo críe la familia de él. A Eloísa la ingresan en una orden religiosa, donde acudían las arrepentidas a expiar sus culpas, pero algunos conventos eran tolerantes con el amor y la pareja consigue mantener sus encuentros íntimos dando rienda suelta a la pasión que se profesan. Pero Fulberto se entera y está francamente ofendido, pues el deshonor de su sobrina es el suyo propio. Que Abelardo haya mancillado la pureza de Aloísa le corroe y trama su terrible venganza. Según una vieja ley, corromper a una virgen conllevaba la condena de castración y Fulberto se toma la justicia por su mano, envía a unos mercenarios para que corten de cuajo la virilidad de Abelardo, que resulta castrado mientras duerme.
Abelardo asume su minusvalía. Entre el dolor, es posible que incluso el castigo alivie su conciencia porque su culpabilidad debía ser grande dada la moral religiosa imperante, y se aleja de Eloísa para siempre, ambos toman los hábitos con sumisión. Escuchad a Eloísa, asumiendo el papel bíblico de Eva: “Profesaré como monja y tomaré el velo y los hábitos monásticos para siempre. Yo he sido la culpable de cuanto ha ocurrido. Yo he sido la causa de todas sus desdichas. Hice brotar la pasión del amor en su corazón, hasta entonces ocupado tan solo por la filosofía y el afán de conocer. Yo lo seduje con mi cuerpo de mujer; soy la única responsable de su azaroso destino y he de obedecer lo que él considere oportuno. Yo lo conduje al placer y sólo yo he de cargar con la culpa y el dolor”. Pero ya al final de sus días, la inteligente Eloísa cambió de discurso y dejó escrito que su rebeldía contra el mundo aumenta por momentos a medida que crece su angustia, y que jamás perdonaría ni a su tío, el principal culpable de sus calamidades, ni a la Iglesia, que había perseguido con saña al más brillante de sus fieles, ni al mismísimo Dios, que había permitido que le sucedieran tantas desgracias a dos de sus hijos.
Muchos años después de enviudar, Eloísa, en su lecho de muerte, solicita que la entierren junto a Abelardo. Y así se hace, ambos comparten sepulcro en el monasterio del Paráclito. Se cuenta que cuando se abrió el féretro para meter a Eloísa junto a su esposo, éste abrió los brazos para acogerle y que yacen abrazados por toda la eternidad. Puede que sea cierto, pero en cualquier caso, resultaba dramático constatar que su unión resulta un poco tardía, ya que según dice la Biblia “los que alcancen a ser dignos de tener parte en Aquel Mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido” (Lucas 20,35).
Qué gozada de reseña, Moo!!!
Susana qué historia, uff qué interesante, me ha gustado mucho …..