PRESENTACIÓN DE “EL ASEDIO” DE PÉREZ-REVERTE EN MADRID

perezrevertePRESENTACIÓN DE “EL ASEDIO” EN MADRID

Por Armando Rodera.

En el primer día verdaderamente primaveral que hemos podido disfrutar este año en Madrid, decidimos acercarnos a la conocida Plaza de Santa Ana para asistir a la puesta de largo de la esperadísima última novela de Arturo Pérez-Reverte: “El asedio“. El acto había levantado mucha expectación ya que se celebraba en el interior del coqueto Teatro Español, una joya anclada en el corazón de la ciudad donde se han celebrado multitud de representaciones teatrales desde el lejano año de 1583, cuando se inauguró como Teatro del Príncipe.

Llegamos con una hora de antelación y la cola de personas para entrar al evento daba completamente la vuelta a la manzana. Nos colocamos convenientemente al final de la misma y aproximadamente entramos al recinto unos tres cuartos de hora después. Aunque os aseguro que la espera mereció la pena, al poder disfrutar al máximo de un evento diferente en un escenario magnífico para la ocasión.

Daba gusto ver el teatro a rebosar, con la platea llena de gente y los palcos colmados de espectadores ávidos por el comienzo de tan singular presentación. Las arañas de cristal refulgían y el artesonado de la balconada en los palcos brillaba con luz propia en contraposición al rojo pasión de las butacas ocupadas por todo tipo de personas, pendientes de la llegada de las manecillas del reloj a la hora convenida para el comienzo de la función, pues al fin y al cabo eso es lo que nos regalaron los protagonistas del acto.

Apenas cinco minutos después de la hora señalada se atenuaron las luces, dando paso al parlamento de una representante de Alfaguara, la editorial que ha publicado la obra. Habló de la gran acogida de la novela, tanto en crítica como en público, precedida de una expectación y unas expectativas fuera de lo común ante la última obra del siempre controvertido autor. Incluso un mes antes de su publicación ya se encontraba en los primeros lugares de ventas gracias a las peticiones llegadas de todo el mundo.

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Como preludio al plato principal de la noche, el actor Ginés García Millán leyó diversos pasajes escogidos de la obra para que el respetable pudiera ir reconociendo a algunos de los personajes principales de esta novela de novelas, como su mismo autor ha descrito en numerosas ocasiones. Y después, sobre las tablas de un teatro que vivió el apogeo de las letras españolas del Siglo de Oro, se vivió el primer y último acto de esta singular representación. Un peculiar duelo, un mano a mano literario entre el periodista Juan Ramón Lucas y el escritor de la novela, el académico Arturo Pérez-Reverte, que tuvo lugar tras unas emocionadas palabras de despedida para el recientemente fallecido Miguel Delibes.

Sobre el escenario del Teatro Español, con el trasfondo de diferentes imágenes ilustrativas del escenario de la novela superpuestas en la pantalla principal, comenzó la conversación entre dos viejos amigos. Para el que no hubiera oído hablar de tan magna obra, una novela de 725 páginas, nos comenzaron diciendo que la trama está ambientada en Cádiz, durante el asedio francés de 1811 por parte de las tropas napoleónicas, mientras la ciudad más liberal de Europa se hacía cargo de la Regencia española y preparaba la famosa Pepa, nuestra Constitución de 1812.

Reverte habló de cómo había querido recoger en dicha obra parte de las diversas historias que le quedan por contar como novelista. Nos habló de que el tiempo avanza inexorablemente y tiene que decidir, casi con dolor, qué tramas puede contarnos en sus novelas y cuáles debe rechazar. La intrahistoria de “El asedio” le permitió borrar de un plumazo un gran número de ideas que pululaban por su cabeza desde hacía años. Así nos hizo entender que esta obra es una novela de novelas, donde el lector asiduo de Reverte puede ver reflejadas muchas de sus anteriores tramas y personajes. Una novela coral, con media docena de magníficos protagonistas principales y un gran número de secundarios de lujo que nos ayudan a seguir las diferentes subtramas hasta el engarce final de todas ellas en el hilo principal de la historia.

El autor, corresponsal de guerra durante muchos años, no quiso contar una historia sobre un asedio como el de Sarajevo o el Madrid de 1936. Desde la juventud le había obsesionado la idea de Troya y su caballo, y vio una excelente oportunidad como escenario principal en esa Cádiz asediada de un modo muy particular. Las batallas tuvieron su máximo fragor fuera de la bahía, en la zona de San Fernando, y los franceses, el ejército invasor, se encontraban en una situación mucho más lamentable que los supuestos sitiados, una ciudad abierta al mar que seguía comerciando con América y que contaba con la inestimable ayuda de la flota británica, aliada en aquella confrontación, sin pasar ningún tipo de calamidad.

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Gracias a las interpelaciones del periodista, Reverte confesó que “El asedio” era una novela sobre el corazón humano. Había querido indagar en el alma de unos personajes perfilados hasta la extenuación, desde la rica burguesía de la ciudad al más peligroso capitán corsario; de la clase más baja de la sociedad luchando por su vida en las salinas a los diputados en Cortes debatiendo sobre la Carta Magna; o del espía francés camuflado entre los suyos al policía cruel y despiadado que se obsesiona por un asesino en serie que mata a chicas jóvenes mientras las bombas de la artillería francesa intentan herir a una ciudad que vive al margen de la guerra.

La ciudad de Cádiz es el tablero de ajedrez en una trama exhaustivamente documentada donde los personajes son las diferentes fichas del juego. Una novela policíaca, otra de espías, una trama científica, una historia de amor folletinesca a lo Jane Austen o una de aventuras navales son el compendio perfecto para un rompecabezas tan complejo que el mismísimo autor tuvo que solicitar ayuda a un científico amigo suyo para resolver algunos de los enigmas que quería plantear en la historia.

Reverte habló con amargura de lo que pudo ser y no fue. Del destino de Cádiz, una ciudad comerciante y liberal, semejante a las grandes urbes cosmopolitas de Inglaterra y Holanda, donde la burguesía creaba riqueza, comerciaba con el resto del mundo, hablaba idiomas e iba por delante de la sociedad en general. De cómo después, fatalmente, el resto del país había contagiado a ese pequeño oasis en medio del desierto, en vez de ser Cádiz quien tirara con fuerza del carro español hasta asemejarlo al resto de naciones europeas que huyeron de épocas pretéritas para embarcarse en la modernidad.

Antes de que Juan Ramón Lucas le preguntara, y dado que el tema ya había levantado suspicacias en numerosos medios tras diversas entrevistas realizadas, Reverte quiso dejar claro su punto de vista. Aseguró que a este país le había hecho falta una guillotina en la Puerta del Sol, dispuesta a picar billete a gran parte de la aristocracia y el clero español que tanto daño han hecho a este país. Sin olvidarse, como no, de las cabezas de Carlos IV y Fernando VII, el peor regente de nuestra triste historia según el escritor. Quizás, según Reverte, ese punto sanguinario de inflexión realizado en su justa medida y en la época adecuada, hubiese provocado un porvenir distinto para toda una nación. O el no haber elegido un Dios cruel, terrible e inquisitorial en los países mediterráneos, en contraposición al moderado Dios protestante afincado en el norte de Europa, más dispuesto a la educación, al comercio y en definitiva, a la modernidad.

Arturo Pérez-Reverte nos relató los dos años transcurridos para el alumbrado final de “El asedio”. De la complicada documentación que había tenido que manejar, sobre todo en temas de balística, taxidermia, botánica y similares, ya que las partes más históricas de la trama las maneja mejor tras años de intensa investigación para otras novelas. Nos contó que el ser escritor es un trabajo como otro cualquiera, una labor donde hay que invertir muchas horas de duro esfuerzo, aunque el talento y el saber contar historias también importen. Y como la pericia y los años de experiencia le hacen saber usar, casi sin que nos demos cuenta, esos trucos de escritor avezado que hacen que el lector vaya por los derroteros que él nos quiere marcar.

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Como por ejemplo, el intentar que nos sintiéramos identificados con Rogelio Tizón, un policía cruel y corrupto, un torturador y violador obsesionado por dar caza al asesino de muchachas. Ese era uno de sus grandes objetivos antes de embarcarse en esta gran aventura, y por ello no duda en afirmar que el lenguaje, riquísimo y profundo como no podía ser menos en un Académico de la Lengua, es sólo la herramienta para narrar una historia. Y dependiendo del contexto lo utiliza de una u otra manera. En este caso frases cortas y contundentes, a veces elípticas, dentro de una estructura narrativa impecable que nos permite adentrarnos de un modo casi natural en el devenir de los personajes a través de sus vidas en ese Cádiz de 1811.

Una hora y cuarto de animada conversación que apenas duró un suspiro en mi subconsciente dio paso al final apropiado para el escenario elegido: los dos protagonistas de la obra representada puestos en pie, mientras el público asistente rompía a aplaudir y casi les obligaba, como en cualquier otro día en el Teatro Español, a saludar al respetable que había acudido a la representación. Todo ello como preludio de la interminable fila de gente que se formó a continuación para la habitual firma de libros por parte del autor, mientras el resto del público abandonaba satisfecho la butaca ocupada durante un acto de lo más interesante.

 

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