ELOGIO DE LA AZOTAINA – JACQUES SERGUINE
AUTOR: Jacques Serguine.
EDITORIAL: Tusquets, La sonrisa vertical.
ISBN: 978-84-8383-175-5
Nº DE PÁGINAS: 128
Reseña realizada por Erotómana.
Jacques Serguine es un escritor francés nacido en 1935 que aborda en 125 páginas la fantasía de la azotaina. Minuciosamente desgrana los beneficios eróticos de esta práctica, que está explicada con claridad, describiendo los procesos físicos y psicológicos con precisión puntillosa, midiendo sus palabras para que quede constancia de la claridad de su idea. Hasta tal punto es un tratado filosófico que se puede llegar a dudar de si esa meticulosa disertación no es más que una gran ironía del autor, hombre al cual le excita sobremanera el trasero femenino y encuentra en la azotaina un preámbulo maravilloso para el amor. Y digo amor porque es una de las palabras más empleadas por Serguine, al que no le interesan las nalgadas propinadas a una desconocida, o a una prostituta, si no a su mujer, a la mujer de la cual está enamorado, a la cual ama y por la cual es amado. Una mujer que accede voluntariamente al “castigo”, emocionada y feliz.
Separa completamente el concepto de azotaina con el de sadismo o el de masoquismo y no habla de dolor, sólo de placer, del perfecto estado mental que dirige una azotaina a los protagonistas de un encuentro sexual consentido. Rechaza cualquier utensilio para realizarla que no sea la propia palma de la mano, pues insiste en que la azotaina ha de estar a medio camino entre la caricia y el dolor.
El libro pretende ser un manual donde el autor narra los pasos a seguir a partir de sus propias experiencias. Los preámbulos y el deseo han de ser alimentados por los amantes que, a sabiendas de que la relación va a suceder, se excitan de antemano y se preparan ilusionados. Cada detalle es estudiado; la ropa de ella será clave, especialmente la interior y cuando ella se incline para recibir no quedará desnuda, la falda remangada en la cintura y la braga debajo de las nalgas, enfatizando las formas voluptuosas que serán honradas de tan peculiar modo.
Para mí, es evidente que la mujer que recibe los azotes no ha de estar vestida ni de pie. O, mejor aún, que debe estar tanto lo uno como lo otro, pero antes, y que precisamente una parte importante de la azotaina, o de la operación, en sentido extenso, de la azotaina es cambiar esa situación o estado. Por lo demás, me apresuro a añadir que la víctima que lo consiente tampoco debe estar desnuda; esto es, no debe estar desnuda del todo, Dar unos azotes a una mujer que esté desnuda, o vestida o de pie, creo que es desnaturalizar el propio placer, sin hablar del significado, a la vez simbólico e inmediato, de la azotaina. Sobre todo porque en efecto, me parece claro que la razón de existir la azotaina y su sentido reposan – más que sobre una percusión más o menos prolongada y reforzada- sobre el hecho de inclinar o curvar y desvestir: me refiero, siendo aún más precisos, a desvestir parcialmente la parte que interesa a la azotaina. Ya que la azotaina, que descansa a la vez enl a noción de humillación y de dolor, en la misma medida que insidiosamente los caricaturiza y falsea, si quiere conservar también su poder de enseñanza y, si puede decirse así, de esplendor, su virtud estimulante, picante y profunda.
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