ENTREVISTA A JAVIER YANES
Entrevista realizada por Celia Santos
Según su biografía, Javier Yanes fue biólogo antes que periodista, viajero antes que biólogo y escritor antes que viajero. Ha viajado por los cinco continentes pero fue de África de quien se enamoró. Ha trabajado como periodista de viajes en varias revistas especializadas. “El señor de las llanuras” es su primera novela de la que nos contó cosas muy interesantes.
“Mi abuelo me contaba historias de África”. Así empieza la novela que se desarrolla en Torrelodones y Kenia. ¿Qué pueden tener en común dos sitios tan dispares?
No mucho más de lo que podían tener en común Venecia y China, si hubiésemos tenido la oportunidad de preguntar a Marco Polo. Dos lugares alejados entre sí se conectan gracias a la urdimbre que tejemos con nuestros viajes, por eso hoy es inevitable pensar en América cuando visitamos Trujillo o La Rábida, por ejemplo. En el caso de Kenia, esos viajes históricos han tejido lazos no sólo con su antigua potencia colonial, el Imperio Británico, sino por ejemplo con Italia, a través de los prisioneros de la guerra mundial que se establecieron allí y formaron una colonia. Desde España, África oriental sigue siendo un lugar muy desconocido para muchos. Pero para algunos, entre los que me incluyo, es una droga. Incluso lugares tan dispares como Torrelodones y Kenia tienen sus semejanzas. Las dehesas de encinas son los paisajes europeos más parecidos a la sabana africana, como advierte Hamish en la novela. Hay quienes, como Javier Reverte, dicen que España es más africana que europea, aunque yo me temo que es más un deseo que una realidad.
¿Qué hay de autobiográfico en esta novela?
Nada en la trama, pero bastante en el carácter del narrador, Curro, en su forma blanca de ver la vida, o en su deseo de que la vida sea algo más luminoso que lo que pretenden enseñarnos. También hay algunas pinceladas, anécdotas de la infancia y algún secreto más que me guardo.
Supongo que la novela es fruto de tus viajes por África, sobre todo Kenia. ¿Sentías la necesidad de escribir sobre ello?
Hay un viejo tópico de la época victoriana que decía que todo el que viajaba a África escribía un libro sobre ello. En mi caso, no creo que sea tan cierto. La novela no se justifica por la necesidad de hablar de África, sino que África es una salida cómoda a la necesidad de escribir, hablando de lo que uno conoce, evitando el engorro de embarcarse en un proceso muy exhaustivo de documentación que me habría alejado demasiado de lo que me divierte, que es la escritura en sí. Escribir fue algo que apareció en mi vida antes de empezar a viajar, desde muy pequeñito. Pero una vez que el gusanillo del viaje se ha instalado dentro de uno, es inevitable que escribir y viajar se fundan. No es necesario viajar para escribir, pero si uno viaja, es difícil resistirse a contarlo.
¿Qué te enamoró de Kenia?
Esta pregunta es tan difícil de responder como cuando la referimos a una persona, y no a un lugar. Cuando hablamos del amor a una persona, comenzamos a soltar una retahíla de pequeños detalles que sólo tienen sentido para nosotros y que son incomprensibles para quien nos ha preguntado. Pues lo mismo, así que no me voy a extender. Pero puedo decir que yo estaba precondicionado. Kenia era mi tipo. Algunos nos resistimos con uñas y dientes a esta fiebre orientalista que nos invade ahora, la sofisticación, la ceremonia, comer con palillos. África es lo primitivo y salvaje que hay en nosotros, la tierra, la sangre, la pasión, comer hundiendo la cabeza en las vísceras de la presa. Ya lo ves, no soy nada zen.
En el primer capítulo cuentas como un granjero atrapa un avestruz poniéndole un calcetín en la cabeza. Creo que es una historia real…
El relato del avestruz aparece recogido en un libro titulado Happy Valley, que cuenta la historia de los ingleses en África oriental. El abuelo Hamish convierte esta anécdota real en un cuento infantil, añadiéndole su toque de magia y fantasía. Hay otro par de historias reales y el resto es ficción, pero inspirada en aquel pulso de la vida que tuvo África para varias generaciones de personajes extravagantes y extraviados que recalaban allí huyendo de una Inglaterra victoriana, doméstica y almidonada.
¿Hay más personajes reales en la novela?
No, ningún personaje con papel en la novela es copia de una persona real, pero sí hay algunos que reflejan arquetipos clásicos en aquellos ambientes y lugares. Por ejemplo, la familia de granjeros es una libre reconstrucción de ese modo de vida tan singular y estrafalario que han llevado allí los colonos blancos desde que poblaron aquellas tierras, y que, según cronistas del lugar, aún siguen llevando en muchos casos.

Precisamente los personajes son el eje de la historia. ¿Alguno al que le tengas un cariño en especial?
A todos, no puedo querer más a uno de mis hijos que a otro. Pero según me han contado los lectores, Uke y Delsey son los que más han calado. Uke, la abuela de Curro, una chica rebelde y magnética que madura cuando la vida se lo pide y que pone la misma pasión en sus ideales que en la entrega a quienes la necesitan.
Precisamente uno de ellos es un aristócrata parisino, refinado y delicado que acompaña a Curro a África. ¿Cómo se te ocurrió incluirlo en la novela?
Delsey era al principio un simple comparsa, la excusa para que Uke y Hamish se conocieran. Pero el personaje fue creciendo y pedía más papel. Era muy jugoso y servía como perfecto puente entre el presente y el pasado, así que me lo llevé a África en el papel de escudero de Curro en su viaje.
La novela comienza a principios del siglo XX, cuando la abuela del protagonista, Uke, conoce a Hamish, un escocés aventurero que toca el violín y con el que mantiene un romance. De ahí, hasta Kenia, pasando por los Alpes. ¿Cuánto has tardado en escribirla?
Fueron cinco meses intensos. Estaba sin trabajo y repartía mi tiempo entre escribir y cuidar a mi hijo recién nacido. Escribía doce horas al día, una manera perfecta de sumergirse en la historia y convertirla en una vivencia casi real. Fue una etapa muy hermosa, aunque laboral y económicamente desastrosa. Por suerte, la ilusión y el empeño compensan, aunque sólo sea por haber completado algo que el horario laboral de un periodista difícilmente permite, como no sea robando horas a la noche. ¿Dije ya que la vida es más luminosa que lo que nos quieren hacer creer?
Me llama la atención la imagen que das de los Masai, tan mitificados como los tenemos en occidente, pero en realidad hay poco de eso. ¿Cómo son, y cómo es la gente de Kenia en general?
En los años que he dedicado al periodismo y crónica de viajes, nunca oí que un destino se promocionara diciendo que sus gentes sean hostiles y hurañas. Lo de la gente amable y hospitalaria se ha convertido en un tópico turístico. Yo he comprobado que en todos los lugares que he conocido hay de todo, aunque cosas como la tradición, la educación o incluso el clima puedan condicionar la manera de relacionarse en cada país. En Kenia la gente es como en todas partes: gente. Sencillamente. Para lo bueno y para lo malo. En cuanto a los masai, se han dicho y escrito muchas tonterías sobre ellos, fruto de una imagen mitificada que procede del miedo que les tenían primero las caravanas de esclavistas árabes y después los colonos. Y ellos se aprovechan mucho de ese márketing histórico. Aunque no hayan leído a Rousseau, manejan el mito del buen salvaje como nadie. Una vez escribí un reportaje muy iconoclasta confrontando los mitos y las realidades de los masai. En Kenia se les reprocha que no acaben de integrarse en la idea de nación, que no asuman responsabilidades en primera línea de la política pero que manejen los hilos en la sombra, que utilicen las instituciones en la medida en que les son favorables, pero luego se salten las leyes a la torera cuando no les benefician… Es muy válido que mantengan su tradición, incluso en forma de disfraz y espectáculo turístico, pero siempre que no les coloquen orejeras a los niños para coartarles la libertad de elegir sus propias opciones en la vida. A algunos europeos les decepciona ver masais, con sus lóbulos abiertos, llevando maletas en un hotel de Nairobi. Piensan que se han vendido a occidente, al consumo, al dólar, toda esa palabrería que esos europeos nunca aplican a sí mismos. A mí me encanta ver a esos masais que trabajan y luchan por salir adelante. Es el afán de vivir, de salir de la caverna, de conocer el mundo y comérselo. Ellos son el futuro de Kenia.
Particularmente, he extraído un mensaje de la lectura del libro al respecto del pueblo africano, y es que da la sensación de que de alguna forma, el turismo y nuestra “solidaridad” llega a frenar el desarrollo del país y de la gente.
Necesitan nuestro turismo desesperadamente, esto es incuestionable. Pero debemos saber que nuestros viajes no son inocentes. Como cuento en la novela, llevar regalos para los niños es una práctica espantosa porque premia el absentismo escolar: sólo los que no están en la escuela reciben regalos de los turistas. Y no es que no tengan escuela, porque en Kenia hay enseñanza primaria gratuita, aunque los medios sean desastrosos. Hay que viajar informados y reflexionar un poco sobre cómo lo que hacemos puede forjar un país de pedigüeños, de gente que olvida su dignidad por una gorra de béisbol. En cuanto a la llamada solidaridad, hay mucha tela que cortar. Hace poco tuve la oportunidad de hablar con Meave Leakey, una paleoantropóloga que pertenece a una larga saga anglokeniana con profundas raíces en la historia reciente de Kenia. Ella me confirmó algo que llevo años defendiendo, pero que no es una idea muy popular: que no tiene sentido continuar inyectando dinero en países donde reina la corrupción. Es muy fácil dejarse llevar por la demagogia en cuestiones de cooperación y culpabilizarnos por la situación del tercer mundo. Por supuesto que las potencias coloniales cometieron ultrajes, pero cuando llegaron a África, aquello no era antes precisamente un paraíso de armonía y respeto a los derechos humanos. Los europeos sacaron provecho propio del caos que ya reinaba. Ahora, a toro pasado, los países que nunca fueron colonizados, como Etiopía, no están precisamente mejor, y otros que sí lo fueron, como Namibia, hoy son relativamente más prósperos. Así que decir que la culpa de la situación en África es exclusivamente del primer mundo es una idea que muchos compran, pero que no se sostiene en los hechos reales. En cuanto a la ayuda internacional, el dinero acaba muchas veces en manos de quienes lo manejan. En un país tan corrupto como Kenia, hay ejemplos históricos y muy indignantes de esto. Las únicas ocasiones en las que Kenia ha abierto puertas a una verdadera democracia ha sido cuando se le ha suspendido o amenazado con suspender la ayuda internacional. Por si fuera poco, no me viene a la cabeza ningún país que haya prosperado como efecto directo de la ayuda al desarrollo ni del empeño, a veces (no siempre) loable, de las ONG. En resumen, yo no defiendo que haya que suspender la ayuda al desarrollo, pero tenemos que saber que esto nunca sacará a África de la miseria, que su eficacia pude ser como la de encender una vela en una iglesia: cuestión de fe.
Hay algo muy bonito en la novela, y es la descripción de la infancia de Curro, el protagonista. Una infancia que, los que nos acercamos a los 40, recordamos con cierta nostalgia, sin videojuego, sin Internet… ¿se ha perdido ese espíritu aventurero?
Perdido, enterrado, pulverizado, volatilizado. Totalmente. La niñez de nuestros hijos no tiene nada que ver con la nuestra. Hoy no está de moda ser nostálgico porque nuestra sociedad idolatra el mañana, lo nuevo y lo joven, arrinconando lo viejo y a los viejos. Pero yo querría para mis hijos una infancia como la mía, más libre y salvaje, con tres meses de vacaciones de verano que nos asilvestraban por completo. Hoy tenemos que llevarlos a campamentos, colonias, ludotecas y actividades extraescolares. Los convertimos en pequeños yupis porque no tenemos tiempo para ocuparnos de ellos. Nos perdemos su infancia y se la hacemos perder a ellos. Creo que podríamos hacerlo mejor.
¿Alguna nueva novela en proyecto?
Algo hay, sí, pero el trabajo en la prensa diaria tiene horarios y jornadas laborales propias de los antiguos campos de algodón de Alabama. Ahora no tengo mucho tiempo.
¿A que parte del mundo nos llevarás esta vez?
Lejos. Pero tal vez no a Kenia. O sí, quién sabe. Quizá deje África por una temporada, para sufrir echándola de menos. Pero volveré.
Muchas gracias por tu tiempo y felicidades por esta fantástica novela.
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