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La oferta de novela negra en el mercado es amplia, todos lo sabemos. Y como se suele decir, hay de todo, como en botica. Uno puede acabar tan saturado del género que cuesta encontrar algo que de verdad enganche y emocione. En mi caso, esta novela, Historia de un secuestro, de Francisco J. Cortina lo consiguió. Una novela donde se cuenta un secuestro en México D.F. Pero con la particularidad de que los secuestradores se equivocan de víctima. A partir de ahí, la trama te arrolla de tal forma, los personajes te seducen tanto que eres incapaz de cerrar el libro. Quieres saber, quieres averiguar, pero sobre todo quieres sentir, algo que en el género a veces se echa de menos.

Con la resaca de Sant Jordi, me cité con el autor en la plaza Real de Barcelona, hermanada con la plaza Garivaldi de México. No podía ser de otra forma. Aquí os dejo la interesante charla que mantuvimos.

Historia de un secuestro

TÍTULO: Distrito Federal. Historia de un secuestro

AUTOR: Francisco J. Cortina

EDITORIAL: Alreves

ISBN: 978-84-16328-29-1

Entrevista realizada por Celia Santos

Esta es una novela dura y violenta, pero a la vez con unos personajes cargados de humanidad. ¿Pretendía buscar la bondad del ser humano con esta historia?

Mi idea era escribir una novela romántica en un contexto muy angustiante, pero después fue derivando en una novela coral en la que caben muchas historias. Aunque finalmente sigue siendo una novela de amor; amor fraternal, amor filial y por supuesto, amor de pareja. Aun en las circunstancias más perversas, hay una explicación, y con esto no trato de justificarme.

Cabe destacar el componente humorístico. En realidad el detonante de la historia, unos secuestradores que se equivocan de víctimas, ya es de por sí algo cómico

En situaciones extremas, el ser humano desarrolla mecanismos de defensa como el humor. Es una válvula de escape. En mi novela conviven el amor y la tragedia, siempre intentando hacer un relato lo más objetivo posible a medida que los personajes se van encontrando. Pero encima de todo esto está el destino, que a mí siempre me llama la atención.

¿Cómo se resuelve una trama así?

Me seducía escribir una historia con un substrato real muy fuerte. No necesité una investigación muy exhaustiva.  De hecho hay muy pocos libros sobre secuestros, y alguna que otra visión sociológica. En México basta con leer el periódico o platicar con alguien a quien le haya pasado algo parecido. Hay un patrón que es común en casi todos los secuestros. No es una misma banda la que lleva a cabo todo el proceso. Dependiendo de las diferentes fases, estas las ejecutan una banda u otra. Los individuos que “levantan” físicamente a las víctimas no tienen por qué ser los organizadores o responsables del acto en sí. Son células separadas y cada uno cobra su parte. Así la policía lo tiene más difícil.

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Serían como subcontratas del “negocio” de los secuestros…

Exacto. El hecho de que la policía detenga a los que, por ejemplo, custodian la casa donde mantienen a los rehenes, no significa que otros participantes estén perpetrando otro secuestro.

Una de las cosas que más me llama la atención es el tratamiento que le das a los personajes. No caes en el tópico de cebarte en la violencia y la morbosidad sin tener en cuenta al personaje. El lector incluso empatiza con ellos.

En el caso de Saúl, por ejemplo, intenté humanizarle para, tras la pérdida de su hija, arrancarle de cuajo esa humanidad. Con Leonel, su hermano, que es un brabucón, intenté algo parecido, ya que en el fondo no es nadie sin su hermano mayor. Me gustó darle ese contrapunto educado a Saúl; educado, calmado, no dice tacos… más calculador. Pero él es un sociópata que cree que alguien debe pagar por su desgracia. En realidad es así, esos secuestros se llevan a cabo de forma mecánica y deshumanizan el objeto sobre el cual están actuando. Para ellos es solo un negocio, su trabajo.

Antes hablabas de los diferentes tipos de amor. Pero el amor padre hija está presente tanto en el abogado como en Saul, y ambos tienen ese sentimiento de venganza. Un nexo común entre dos personajes tan antagónicos.

En el caso de Saúl es su última conexión con la humanidad. El abogado, que se convierte en un vagabundo, simplemente se deja ir, pero en su caso él busca la redención, aunque no la encuentra. Cuando vemos a un indigente en la calle no sabemos la historia que hay detrás. No se pueden hacer juicios de valor. No se puede prejuzgar. Para mí un vagabundo es alguien que no quiere seguir viviendo y se echa a la calle. Alguien para el que nada tiene sentido.

Es inevitable preguntarte por el proceso de documentación. ¿Cómo lo has hecho? ¿Has conocido a víctimas de secuestros o a secuestradores? ¿Simplemente has leído el periódico…?

Desgraciadamente se producen tantos secuestros que, como escritor, ya tenía la información necesaria. Alguna cosita piqué de un par de libros. Una vez terminado el primer borrador de la novela, viajé a Brasil con un conocido que había sido secuestrado y lo único que hizo fue corroborar lo que yo había escrito. De todos modos, mi intención no era centrar la atención en el secuestro. El secuestro es la excusa para conjuntar a los personajes, por eso no podía tener protagonismo como tal. Lo que sí es cierto es que la ciudad de México es un personaje más de la historia.

Una ciudad con veinte millones de habitantes… ¿Cómo se controla un gigante así?

La ciudad de México son dieciséis municipios, cada uno de ellos aproximadamente del tamaño de Barcelona. Cada municipio tiene un delegado y el alcalde de toda la ciudad es el llamado Presidente Municipal. Él es quien está a cargo de la administración y también de la policía, a pesar de que también hay un jefe del cuerpo de policía a nivel urbano. La ciudad en sí tiene ocho millones de habitantes, pero el estado que rodea al Distrito Federal (ahora llamado Ciudad de México. Ya sabemos que los políticos siempre tienen que hacer algo que sea inútil y que llame la atención) es lo que compone ese distrito. En México está el Presidente de la República, el gobernador de un estado y los presidentes municipales. El jefe del ayuntamiento, llamado Jefe de Gobierno, es el gobernador de la ciudad de México. Obviamente es una figura muy poderosa, y aparte es el alcalde de la ciudad de México que se subdivide en dieciséis minialcaldes. Aun así es un caos. Cuando vives allí y no vas a tu zona conocida, en tu ruta de siempre, tienes que pensar “dónde voy y por dónde”. Tienes que tener muy claro tu destino.

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Los escritores sois un poco el altavoz o el escaparate de los sitios sobre los que escribís. A veces algunos de ellos reflejan tanto el sufrimiento y la miseria de sus ciudades que parece que estén tirando piedras contra su propio tejado, sobre todo de cara al turismo. Yo pregunto ¿se puede ir a México a hacer turismo de forma segura?

Algunos críticos me han criticado la falta de nacionalismo. No exagero nada. Si mañana en las noticias anunciasen que ISIS ha plantado dieciséis bombas en toda Barcelona, y el que la pise vuela por los aires. Entre tres millones de habitantes, la posibilidad de que tú la pises es muy pequeña pero puede pasar. ¿Tendrías miedo? En México no secuestran todos los días a todas las personas. Hay tres o cuatro secuestros al día. Entre veinte millones las posibilidades son muy pocas. Además, el secuestro es algo curioso. La gente con mucho dinero lleva escoltas y autos blindados, y aun así los secuestran. Hay grupos especializados que van a por ellos, se disfrazan incluso de policías. Pero también hay secuestros entre la gente muy humilde. Es otro nivel de secuestro en el que piden cuatro perras. Todo el mundo es vulnerable de ser secuestrado. Lo que yo relato en mi novela es cien por cien real; ni exagero ni minimizo. Tú puedes ir a México, puedes pasear, hacer turismo… Puede que no te pase nada y también puede que te secuestren, incluso que te confunda, como en la novela. Pero eso te puede pasar en cualquier ciudad. Pero sí es cierto que la delincuencia común es muy agresiva en comparación con lo que puede serlo aquí. Allí no te roban el coche, primero te apuntan con una pistola, te hacen bajar y después te pegan un tiro. Pero yo soy escritor, no estoy a cargo de llevar turistas al país. Aunque no es algo privativo de Ciudad de México. Algunas zonas, en ciertos momentos, se convierten en verdaderas zonas de guerra. En contra de lo que pueda parecer, en este momento, Ciudad Juarez es un lugar relativamente tranquilo ya que los cárteles no están operando. Ahora la zona más peligrosa es Acapulco. Lo que antes era un destino turístico para la jet ser ahora es una de las zonas más peligrosas. No hace mucho se encontraron en un tramo de veinte kilómetros de carretera cuarenta torsos humanos. Con un panorama así, no hace falta echarle imaginación a una novela, al contrario, hay que suavizarla.

¿Cómo ha encajado el lector mexicano tu novela?

En México se leer muy poca novela negra, al contrario que los escandinavos, donde casi nunca pasa nada. Yo he tratado de ser lo más objetivo posible. Por ejemplo, con la portada de la edición española en México no hubiera vendido ni un solo ejemplar. La portada de allí es más amable. Incluso el final de la edición Mexicana es distinto, más esperanzador. Aunque la edición española tiene el final original. El lector mexicano prefiere negar una realidad antes que sufrirla.

La historia está bastante equilibrada en cuanto a dosis de violencia y emotividad.

Me importaban mucho los personajes. Esta fue la primera novela que escribí, aunque no la primera que publiqué. Era algo que tenía muy dentro. Fue una expresión muy natural de lo que yo sentía.

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Por último, el tema de la corrupción política y policial, que también aparece algo en la novela. ¿Cómo lo lleva el ciudadano de a pie?

Ese es el gran problema: cómo lo lleva. Una parte de la sociedad, entre los que me incluyo, no toleramos la corrupción. Históricamente, y no quiero que suene a excusa, la corrupción la llevaron los españoles. Los aztecas no tenían prisiones, si alguien hacía algo malo le castigaban con unos latigazos o con la muerte. A los delincuentes no se les sacrificaba. El sacrificio era un honor. Y aunque era una práctica bastante cruel, no había corrupción. Cuando llegaron los españoles, empezaron a comprar, vender y sobornar a los diferentes cargos públicos. Y eso quedó incrustado en el pueblo. Hoy en día muchos ciudadanos dicen que está bien que roben pero que al menos hagan algo. Es una sumisión máxima. La sumisión es una característica que los mexicanos heredamos de los aztecas, por eso a los españoles no les costó conquistarles. Hay un dicho en México que dice “el que no tranza no avanza”, es decir, el que no hace trampas, no avanza. El que no se resigna a que le roben, está deseando llegar ahí y hacer lo mismo.

Muchas gracias, Francisco, y suerte con tu novela.